Dicen que ves las estrellas, entre la ironía y la esperanza

Marina

Acariciando el suelo,
todo se acaba de derrumbar,
ya no te puedo ver,
decime dónde estás,
ya no te puedo ver,
decime dónde vas.

    Santi, el capítulo inicial de Dicen que ves las estrellas, exhibe a Marina Macome caminando descalza sobre el filo de una navaja. Una palabra mal elegida, una acción que rozara la desmesura o un movimiento en falso detonaba la meditada arquitectura de un capítulo que es un puñetazo en el estómago.

     Consuelo está contra las cuerdas. Su tragedia es de las más horribles que pueden imaginarse. Como en una buena sesión de psicoterapia o un peli de las que vale ver, de pronto algo hace clic y lo amargo comienza a tener gusto agridulce.

      Como las estrellas, la novela renueva su aspecto cada vez con mayor vértigo: brilla, se apaga, sube, baja, se pone melancólica y -en el momento menos pensado- entra en un disparate tan bien graduado, tan excelsamente guiado por el gps de una autora que pensó en todos los detalles, en cada movimiento de piezas, sin perder su sello distintivo: frescura, originalidad, ternura.

      Dicen que ves las estrellas luce como una película escrita en forma de novela: situaciones dinámicas, diálogos precisos, puntos de giro (esa pista engañosa de que la cosa va para otro lado) y demás finuras que no voy a develar.

     Es difícil no devorarla en una primera lectura porque una página abduce a la otra, y así... Yo fracasé en el intento. Encontrar una novela tan placentera y redondita en estos días (y en la literatura argentina) es un oasis.

Mirando al mundo alrededor,
diciendo "todo es diversión".
Shine, shine, shine.

     ¿Diversión? ¿De qué hablás, loco? ¿La novela no va de una tragedia?  No, mi amigo; empieza con una tragedia y sus consecuencias, que no es lo mismo. Después, como en la vida, es una sucesión de claroscuros: de todo lo roto hay algo para rearmar, de donde menos se lo piensa aparece alguien (en este caso, el menos pensado), y aunque la tristeza está omnipresente en la vida de Consuelo, hay un asomo de esperanza.

     De paso, cañazo, Macome vivisecciona con cruel profundidad ambientes caretas, verdaderos festivales de frivolidad, donde no puede faltar el político oportunista cínico, y manipulador nivel obsceno, o las supuestas amigas que no pueden con sus vidas y sermonean sobre las ajenas.

     Acorde con el clima de la historia, todo ocurre con naturalidad, sin tediosas bajadas de línea ni correcciones políticas impuestas con tirabuzón.

Y ahora estás pintando
toda tu cara para cambiar.
Ya no te puedo ver,
decime dónde estás,
ya no te puedo ver,
decime dónde vas
.

     En el fondo de estas hermosas páginas se esconde (con el sutil pudor que debe tener una novela multigenérica que arranca desde el dolor) una formidable lección de resiliencia, tips de vida escritos sin marcadores flúo y una ausencia deliberada de pretenciosidad. Eso determina que Dicen que ves las estrellas brille con luz propia. Que duela y divierta, que oscile entre la melancolía y el humor, que esté siempre cerca del lector.

     La reina del hielo seco (2015) anticipaba a una joven autora para agendar. Ahora esta novela madura confirma que tiene mucho para decir y sabe cómo hacerlo. De la mejor manera: con autenticidad, humor y sentimiento.

      La nota no termina aquí. Falta el estribillo. ¡Vamos todos!

Mirando al mundo alrededor,
diciendo "todo es diversión".
Shine, shine, shine.

*

(*)Los versos pertenecen a la canción Shine (Brilla), de Las Pelotas.

 

Carlos Algeri

 (escritor, periodista y dramaturgo)

 

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